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Vestirse de gris
(o Instrucciones para no sufrir)
Si querés que nadie se dé cuenta de tu presencia, vestite siempre de gris.
Vestite de gris y andá callada por las calles. Y caminá sobre el empedrado gris,
para que el asfalto negro no te delate.
Vestite de gris y comprate un auto gris de esos que parecen todos iguales. Ni
muy grande ni muy chico, ni muy viejo ni muy nuevo. Y un paraguas gris. Por si
llueve.
Dejá que tu pelo lleve los años en cada mechón, sin peinetas, sin broches y sin
cintas. Dejá que haga juego con las huellas de tu cara, con los caminos de tus
manos, con tus zapatos.
No pintes tus uñas ni tus ojos ni tus esperanzas ni tus sueños. No los dejes
crecer para que no lleguen a mancharse de colores.
Vestida de gris, sentate frente al televisor a mirar películas en blanco y
negro. Ni noticieros amarillos, ni novelas rosas, ni comedias, porque la risa es
como un arcoiris que se desparrama por todos lados.
Caminá gris por la vida sin sobresaltos. Aplastá tus emociones con ese color
único y perfecto. No mires más que en gris; no escuches más que en gris; no
hables más que en gris.
Negá rotundamente la existencia del arte.
El olvido es gris. El dolor, no.
Si en poco tiempo no recordás tu nombre, ni tampoco te reconocés en el espejo,
no te preocupes. Por favor no lo hagas: las preocupaciones tienen demasiado
colorido.
Marita von Saltzen
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