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DICEN QUE
DICEN…
Historias de la
flora y la fauna de nuestro Moro
por Marita von
Saltzen
EL LAGARTO
OVERO
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En los
días de calor, entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde, es
posible ver un lagarto overo tomando sol en el pasto. No es fácil porque
se escapan en cuanto sienten la presencia de algún animal grande (humano
o perro), pero si tenemos paciencia y capacidad de observación, tal vez
lo logremos. Hace tiempo, mi marido encontró una muda de lagarto detrás
de un árbol; limpia y seca, ahora es un adorno que atesoramos.
Muchos
confunden al lagarto con una iguana, pero ésta pertenece a la familia de
los “Iguánidos”, y los lagartos a la familia de los “Teídos”. Los
guaraníes lo conocían como “teiú—guazú”: teiú (lagartija) + guazú
(grande).
De
color pardo amarillento u oliváceo con franjas negras transversales,
pueden llegar a medir un metro y a pesar cuatro kilos. Los individuos
jóvenes se destacan por su color verde metálico brillante.
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Tienen
cuatro patas de cinco dedos y uñas fuertes. Cuando son jóvenes, comen
caracoles, ciempiés, avispas, grillos, saltamontes y otros insectos.
Cuando crecen, prefieren los pequeños vertebrados: peces (aguantan un
buen rato nadando bajo el agua), ranas, culebras, pájaros y roedores.
Durante
el invierno, hibernan en cuevas propias o abandonadas, que las hembras
construyen bajo la tierra cuando van a poner y a incubar los huevos que
están distribuidos en ristras de aproximadamente treinta y seis. Las
crías nacen entre diciembre y enero.
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Cuenta una leyenda toba que hace
mucho tiempo el gato montés, el aguará-guazú —padre de los perros— y el
lagarto overo eran casi amigos. A los tres les gustaba comer ratones y
langostas. Para no pelearse, decidieron asociarse para buscar alimento. |
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—Salí vos
primero que andás más despacio —decía el gato montés al lagarto con una
sonrisita irónica—. Nosotros después te alcanzamos.
El
aguará-guazú y el gato montés se quedaban descansando y burlándose de
las patas cortas del lagarto.
Un día, el
pobre lagarto se encontró con un montón de langostas. Pensó en avisarles
a sus compañeros, pero tenía tanta hambre que decidió comérselas él
solito sin dejar ni una para los demás. Cuando se había tragado todas,
aparecieron los otros. |
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El gato
montés se puso furioso:
—Ahora te
las vas a ver conmigo —amenazó sacando las uñas—. Preparate, traidor.
—Si no te
hubieras burlado de mí, hubieras llegado antes —le contestó el lagarto
alzando la cola.
—Cálmense,
muchachos, cálmense —trataba de interceder el aguará-guazú.
Pero no
hubo acuerdo: el gato mordía y arañaba, y el lagarto daba coletazos.
La pelea
era pareja y los dos estaban a punto de declarar el empate cuando al
lagarto se le ocurrió meterse en una charca, en donde podría moverse
mejor que su rival. Allí lo derribó con la cola y, de un mordiscón en el
cuello, lo liquidó.
Desde
entonces, los lagartos andan siempre solos, y es que se han hecho fama
de peleadores. Los gatos monteses son sus enemigos, así como las aves
rapaces y las víboras.
Por orden
del aguará-guazú, los perros persiguen a los lagartos, pero ellos están
tranquilos porque saben que tienen tantos hijos, que jamás desaparecerán
de la faz de la tierra.
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