Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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Añeja, otoñal, nuestra soñada ñ

 

Es la decimoséptima letra del alfabeto español; ha sido criticada y vapuleada y se ha convertido en el símbolo indudable de la hispanidad.

Nuestra niña mimada tiene algunos primos de letras siamesas: la nh portuguesa, la gn románica (italiana y francesa) y la ny catalana. Pero estos parientes no tienen su sencillez ni su elegantísimo sombrero (virgulilla, para los amigos cultos).

Tan pura es nuestra eñe, que nació en los monasterios, allá por el siglo XV. Parece ser que los monjes escribientes querían ahorrar en letras, tiempo, tinta, papel y esfuerzo, y temían que la doble n (como en annus -año- o en Hispanna -España-) se confundiera con una m. Fue entonces que comenzaron a montar una n más pequeña sobre la otra. Con el tiempo, esa letra chiquita se transformó en una virgulilla (el sombrerito: un signo ortográfico a modo de acento). También sirvió para abreviar palabras con el grupo latino mn: autumnum –otoño-, damnum –daño- o sumnum –sueño-.

La Ñ fue tomada del castellano en otros idiomas: aragonés, asturiano, aymara[1], bubi[2], chamorro[3], gallego, guaraní[4], mapuche, mixteco[5], quechua[6], tagalo[7], zapoteco[8], euskera[9], wolof[10].

 

Si se están preguntando cómo llegó a América, aquí la respuesta en algo que encontré en www.inciclopedia.wikia.com:

Asombrados por sus ñandúes y sus niñas en paños menores, los puñeteros españoles se empeñaron en eñeñizar América. Se apiñaron en las peñas a tomar caña y carroñar las hembras, acuñando retoños en sus vientres, por más protesta de gruñido y arañazo. Luego los ingleses, sin Ñ, pero de la misma calaña, se metieron donde no les ateñía. Los franceses, que causaron menos daño, se quedaron con los norteños, escapando del baño. También los italianos, aunque carentes de la eñosa virtud, nos añadieron sus ñoquis. Con el pasar de los años, ahora son los gringos los que nos meten el caño. Aunque del diseño de nuestro otoño, nuestra culpa no es pequeña, pues como diría un porteño, nos han enmarañado con nuestra propia veña.

Y ¿qué pasa con la eñe en la computadora y en Internet? Por empezar, muchos teclados no la tienen, así como las primeras máquinas de escribir tampoco incluían nuestra amada letra. ¡Pero nada de escribir ano, mono o nono, eh! Que no es lo mismo que año, moño o ñoño… La solución está en Alt 164 (ñ) y en Alt 165 (Ñ).

El verdadero problema es con Internet. Como todos sabemos, sus creadores fueron angloparlantes y, para ellos, la eñe sencillamente no existe (tampoco los acentos, las diéresis, la ç, pero eso es otra historia). En el sistema de dominios de Internet, se usan solamente siete bits, que permiten 128 combinaciones diferentes (128 combinaciones o caracteres). En los ordenadores españoles se usan 8 bits, que permiten 256 combinaciones o caracteres, entre los que están la ñ, la ç, las letras acentuadas y otras “hispanidades”. El problema es que si ponemos la ñ en un dominio, no lo podrán leer personas con teclados e idiomas diferentes.

Sin embargo, cuando la Unión Europea impulsó un proyecto que favorecía la venta de teclados sin ñ, la Real Academia y los usuarios latinos se enfurecieron. Y hace poco (13 de abril de 2007), el gobierno español aprobó un proyecto de ley que prevé el uso de la eñe y sus “amigos desplazados” en los dominios de Internet. Después del debate del Parlamento, se verá si se asienta el uso de nuestro idioma en la Web.

Mientras tanto, la exclusión de nuestra niña mimada, ofrece una ventaja a la hora de protegernos de los crackers: si incluimos una eñe en la contraseña, ellos no podrán adivinarla (una eñe minúscula; no entiendo por qué a la mayúscula sí la descubren). Eso, siempre y cuando el sistema admita caracteres especiales en las claves.

 

A la hora de defender a la eñe, María Elena Walsh sacó las uñas y arañó, sin hacer daño, a los extraños roñosos que soñaban con arrancarla de nuestras entrañas, a las piñas y con saña:

La ñ también es gente

La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. Señoras, señores, compañeros, ¡amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe!

Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta el apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el .

¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños?
Entre la fauna en peligro de extinción, ¿figuran los ñandúes y los ñacurutuces?

En los pagos de Añatuya, ¿como cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo?

¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?

"La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui.

A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños.

¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta.

No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninios, suenios, otonio... Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera donde se debate nuestro discriminado signo.

Letra es sinónimo de carácter.
¡Avisémoslo al mundo entero por Internet!
La eñe también es gente.

María Elena Walsh
(Poeta, escritora y cantora argentina)

Marita von Saltzen

[1] Se habla en el altiplano de Bolivia, Chile y Perú.

[2] Lo hablan los bubíes en la isla de Bioco, África (anteriormente isla Fernando Poo. ¿Se acuerdan?: Boga velero…)

[3] Chamorro es la lengua hablada en la isla de Guam y en las islas Marianas del Norte en Oceanía.

[4] lengua de la familia tupí-guaraní, hablada por unos cuatro millones de personas (de las cuales, unos dos millones como lengua materna) en Paraguay (donde es lengua oficial), el noreste de Argentina, el sur de Brasil y el Chaco boliviano.

[5] Oaxaca, México.

[6] Este idioma se habla a lo largo de los Andes y algunas zonas de la amazonía y la pampa, vale decir, en Perú, el departamento de Putumayo y en Aponte Nariño (Colombia), Ecuador, Bolivia, el noroeste de Argentina y en la comuna de Ollagüe (Chile). En Argentina, el quechua (denominado quichua) es hablado en áreas rurales de la provincia de Santiago del Estero y por grupos kollas en las provincias de Salta y Jujuy.

[7] Lengua de origen neomalayo o malayo-polinesio de Filipinas.

[8] Oaxaca y Veracruz, México.

[9] País Vasco.

[10] Es una lengua hablada en Senegal, Gambia y Mauritania y es la lengua nativa de la etnia wolof.