Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen

LOS COLORES DEL OTOÑO

En el otoño y en el invierno, vemos los árboles de nuestro Moro vestidos de amarillo, de ocre, de anaranjado, de rojo; también algunos lucen el gris de su desnudez.  Pero todavía hay tanto verde que esos otros colores se destacan brillantes en el cielo azul o, a veces, plomizo.

¿Por qué cambian de color las hojas? Cuando se acerca el invierno, los días se acortan y la luz solar es escasa para hacer la fotosíntesis.  Se produce menos clorofila, que es la que da a las plantas el color verde. Afloran, por lo tanto, los otros pigmentos siempre presentes en las hojas: la carotina, que da color amarillo, anaranjado y café, y la antocianina, que da color rojo, azulado y púrpura

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¿Por qué caen las hojas? La caída de las hojas es una protección que tienen los árboles caducifolios (de hojas caducas) contra el frío. Cuando el suelo está helado o seco, las hojas pierden agua que no pueden reponer. Conservarlas es, para el árbol, un gasto inútil de energía. Por eso, las sustancias útiles que las hojas contienen se almacenan en las ramas y en las raíces, y los conductos que las comunican con el resto de la planta se taponan. Las hojas se secan y el viento y la lluvia se ocupan de hacerlas caer. Los árboles comienzan una etapa de reposo, similar a la hibernación de algunos animales. ¡Cuidado entonces con hacer podas antes de que caigan todas las hojas! Si hacemos esto, no le damos tiempo al árbol para guardar reservas y en la primavera estará muy débil.

 

Los árboles perennifolios, que no dejan caer sus hojas, las renuevan poco a poco. Las hojas nuevas salen antes de que caigan las viejas y casi no lo notamos. Estas hojas, por lo general, son anchas o gruesas o duras o en forma de aguja.

 

Un cuento popular explica por qué algunos árboles no pierden sus hojas:

Hace mucho mucho tiempo, los árboles conservaban todas sus hojas durante el invierno. Pero una vez, sucedió un otoño que un pajarito con el ala herida no pudo seguir a sus compañeros cuando se alejaron en busca de un lugar cálido.

“¡Ay! ¿Qué será de mí cuando llegue la helada?” se preguntaba una y otra vez. Fue así que decidió pedir refugio a los árboles para no morir de frío.

-¿Hacer tu nido en mis ramas? -le contestó el roble- ¡Ni loco! No permitiré que te  comas mis bellotas. ¡De ninguna manera!

Un álamo cascabeleaba con gracia sus hojas verdes y plateadas.

-¿Me darías refugio, por favor? –preguntó el pajarito.

-¿Para que ensucies mis hermosas hojas y mi tronco blanco? ¡Por supuesto que no!

Un sauce llorón hamacaba sus ramas en la orilla del río.

 

-Querido sauce, ¿me permitirías cobijarme entre tus ramas? ¡Va a hacer tanto frío que tengo miedo de morir!

-¿Te conozco? No te conozco. No debo hablar con desconocidos -aseguró, indiferente, el sauce.

Siguió caminando el pájaro con su ala rota, cuando lo vio un abeto.

-¿Puedo ayudarte? ¿Qué te pasa, pichoncito?

-No pude irme lejos del invierno porque estoy herido. Moriré de frío si no encuentro un buen lugar.

-Mis ramas pueden servirte de cobija. Acá, en mi lado derecho, estarás más calentito.

-Pero es para todo el invierno. ¿No te molesta?

-Claro que no -dijo el abeto-. Así no estaré tan solo.

-Yo puedo cubrirte del viento -aseguró un ciprés que crecía al lado del abeto.

-¿Te gustarán  mis frutos? -preguntó una higuera que estaba cerquita.

-¡Son deliciosos!

Feliz, el pajarito en compañía de sus árboles amigos, observaba a los demás, que lo miraban con desdén.

Aquella noche sopló el frío viento del sur. Su aliento helado hacía caer las hojas una a una. ¡Le gustaban tanto los árboles desnudos!

Su padre, el Rey de la Escarcha, lo observaba. Cuando vio que su hijo se acercaba a los árboles que habían ayudado al pájaro, lo detuvo y le dijo:

-No hagas caer las hojas de los que han sido tan buenos. Se merecen un premio, ¿no te parece?

Desde entonces, el abeto, el ciprés y la araucaria conservan sus hojas durante todo el invierno. (*)

 

 

Otros árboles de hojas caducas: liquidámbar, fresno, paraíso, plátano, ceibo, acacia, castaño, jacarandá, tilo, olmo.

Otros árboles de hojas perennes: algarrobo, eucaliptus, ficus, palmera, laurel, gomero, magnolio, pino.

Si observan bien, podrán encontrar muchos más de las dos clases.

 

(*)Adaptación de una leyenda del hemisferio norte.