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Cuenta la
leyenda guaraní que, hace muchos, muchos años, vivía en el pueblo una
jovencita llamada Eira con su mamá, que estaba muy enferma y dependía
para todo de su hija. Ella la cuidaba y la acompañaba con mucha
dedicación y cariño.
Para
conseguir el pan de cada día, Eira trabajaba como costurera. Nunca le
faltaban vestidos para coser ni ropa para arreglar que sus muchos
clientes le encargaban.
Por eso,
su gran compañera era la tijera, que ella siempre llevaba atada a la
cintura, sobre su delantal. Apenas dejaba la cama todas las mañanas, se
vestía y colgaba la tijera de un cordón. Parecía como si formara parte
de ella misma.
Cuando su
mamá murió, Eira se sintió tan sola que enfermó de tristeza. Al poco
tiempo, ella también falleció.
Como en
aquella época, Tupá enviaba mensajeros que llevaban alas a las almas
para que pudieran volar hasta el cielo, Eira fue convertida también en
ave.
Sin
embargo, cuando Tupá tuvo frente a él a esta pequeña ave negra y blanca,
notó que un dejo de pena se escapaba de sus ojos.
-¿Qué
quieres, Eira? –le preguntó- Tú que nunca me has pedido nada, anímate y
pide lo que quieras, que te será otorgado.
Eira, con
timidez, contestó:
-Buen
Tupá, extraño la tijera que me ha acompañado toda la vida. ¿Acaso… será
posible…?
Fue así
que Tupá tiró con fuerza de algunas plumas de la cola del pájaro y las
estiró. ¡Qué linda tijera quedó formada cuando Eira aprendió a abrirla y
cerrarla durante el vuelo!
-Jhuguay-yetapá
(jhuguay: cola; yetapá: tijera) -la nombró el dios. Y con ese nombre la
conocieron los guaraníes.
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