Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen

LA PALMERA

 

Es una antorcha al aire esta palmera,

verde llama que busca al sol desnudo

para beberle sangre: en cada nudo

de su tronco cuajó una primavera.

Miguel de Unamuno

Uno de los árboles más lindos de los que adornan nuestros jardines es la palmera.

En El Moro se ven varios tipos de palmeras. De las dos mil ochocientas especies existentes, las más comunes en nuestra tierra son la washingtonia, la canaria y la pindó.

La Palmera Washingtonia, llamada así en homenaje a George Washington, es originaria de América del Norte (oeste de Arizona y noroeste de México). Se caracteriza por sus grandes hojas palmadas, en forma de abanico.

La Palmera Canaria o Canariense tiene su origen en Europa, igual que el Palmito. Sus hojas son pinnadas (divididas en folíolos o segmentos), como plumas de pájaro.

La Palmera Pindó (Ybá Pitá) es nativa del sur de Brasil, Paraguay, noroeste argentino, Bolivia y Uruguay. Llega a 25 metros de altura. El fruto es de color amarillo o naranja cuando está maduro, mide unos dos centímetros y, como es muy fibroso, se usa para alimentar al ganado. Sus hojas son también pinnadas, pero como los folíolos se insertan en distintas filas en el raquis, tienen un aspecto plumoso.

 

 

Para que nos quede claro: la hoja de la canariense se ve prolija y la de la pindó, como despeinada.

Los guaraníes mencionan el pindó en muchas leyendas de animales y de plantas, incluso en sus mitos de origen.

 

 

Para los guaraníes, al principio era el caos. En ese caos, Ñamandú, “Nuestro Padre”, se creó a sí mismo: a la manera de una planta, se afirmó sobre sus raíces, extendió sus ramas, construyó su copa y se irguió como árbol hacia el cielo. La luz de su corazón iluminó las tinieblas y concibió la Palabra Creadora que después regalaría a los hombres en el lenguaje. Después, nació a los otros tres dioses principales (Tupá era uno de ellos) y los cuatro juntos crearon la Primera Tierra.

Ñamandú cruzó dos varas indestructibles y apoyó a la Tierra sobre ellas. Para impedir que los vientos la movieran, la sostuvo con cinco palmeras pindó sagradas (la primera en el centro y cada una de las otras en un punto cardinal). En esas cinco columnas, apoyó el firmamento. Armonizó la tierra con el mar y ordenó los días y las noches. Anduvieron primero los animales y luego los hombres.

 

Mucho tiempo después, durante un gran diluvio universal, las aguas cubrieron totalmente la tierra. Solo una familia pudo salvarse porque todos sus miembros lograron subir a un gran pindó. Vivieron en la palmera y se alimentaron de sus frutos hasta que paró la lluvia y pasó la inundación. Entonces, se instalaron a orillas del río Araguay, en el Mato Grosso.

La familia elegida para repoblar la tierra tenía dos hijos varones: Tupí y Guaraní. Cuando los padres murieron, ellos y sus esposas continuaron su vida en la casa paterna. Allí criaron a sus hijos y se dedicaron a la siembra, a la pesca y a la caza. Siempre juntos, los hermanos trabajaban y se divertían. De la tierra obtenían frutas como el ananá y la banana, y también batata, maíz y mandioca que sus mujeres cocinaban. Ellas eran hermosas, ágiles y habilidosas. Hilaban el algodón y tejían su ropa.

En la casa había un papagayo que hablaba mucho, quizás demasiado. Un día, el pájaro comenzó a hablar de traiciones y los dos hermanos se enfrentaron con desconfianza y con rencor. Finalmente, decidieron separarse.

Tupí se quedó en el lugar y su descendencia pobló Brasil, hacia el norte.

Guaraní se alejó hacia el sur y, con su mujer y sus hijos, se estableció en lo que hoy es Paraguay.