Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen

LA  LLUVIA

Dicen que dicen que el clima de enero es como el del octubre anterior. Si es así -y como vienen las cosas hasta ahora- vamos a tener un verano lluvioso.

 

Tanto tiempo de sequía hizo bendecir la primera lluvia para el campo, pero ahora las inundaciones son terribles en muchas zonas del país. Tal vez un exceso de ruegos…

 

Lo cierto es que, en El Moro, los parques tienen nuevas lagunas y muchos caminos se tornan intransitables, seguramente como consecuencia de cambios climáticos que ya no podemos manejar.

El origen de la lluvia está explicado como al paso en la mayoría de las mitologías americanas. Siempre se trata de las lágrimas de algún dios o diosa que forma ríos, lagos o lagunas.

Los tobas ocupaban el centro y el sur del Chaco, hasta el valle de San Francisco en Jujuy por el oeste y hasta el río Salado en Santa Fe, por el sur. La lluvia, tan necesaria para la naturaleza, era fundamental para este pueblo dedicado a la recolección de frutos, a la caza y a la pesca. Son ellos los que narran esta bella historia sobre la lluvia.

 

Los niños no tenían permitido salir de la choza a la hora de la siesta. Sin embargo, unos chicos traviesos se atrevieron a desafiar las reglas y se escaparon para buscar coquitos en una palmera pindó. Desde arriba de la palmera, escucharon los ruegos de un chiquito huérfano que les pedía algo de su comida. Pero ellos, indiferentes al hambre del otro, se burlaron de él y solamente le arrojaron los carozos pelados.

Ayaic, el dios, los observaba muy serio. Cuando intentaron bajar de la palmera, las pancitas llenas les pesaban. Desesperados porque no podían llegar al suelo, llamaron a su mamá. Pero Ayaic, como castigo a su egoísmo, se la había llevado tan lejos, que nunca más volvieron a verla. Al bajar del árbol, se habían transformado en monitos titíes -miriquinás para los tobas-, con la cara redonda y los ojitos tristes.
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Un día, arrepentidos por lo que habían hecho, sintieron caricias en sus cabecitas de mono. Eran los suspiros de la mamá que no los había olvidado: un viento suave, una brisa fresca.

Desde entonces, en cada verano de calor intenso, cuando se siente en el bosque la primera brisa, se escuchan el lamento de los titíes que lloran sin consuelo. El viento se hace cada vez más fuerte y las lágrimas aumentan. Es la lluvia, que todo lo hace fecundo.

Los tobas aman al viento y a la lluvia aunque sacudan la toldería. Es la madre, dicen. Y se preguntan: ¿cómo rebelarse ante la madre que los ama?