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DICEN QUE
DICEN…
Historias de la
flora y la fauna de nuestro Moro
por Marita von
Saltzen
LA LIEBRE
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A
veces, al atardecer, vemos una, paradita en nuestro parque o en el
camino, mirando atentamente hasta que el menor ruido la asusta y sale
corriendo a saltitos. Pelaje beige, carita de dibujo animado, orejas muy
largas y patas fuertes y no demasiado cortas. Así son las liebres, a las
que muchas veces confundimos con conejos.
Tanto
unas como otros no son originarios de Argentina. Las liebres fueron
introducidas en nuestro país en 1888 provenientes de Hamburgo y
liberadas en una estancia de Cañada de Gómez, Santa Fe. Y está claro que
se desparramaron por todos lados… como conejos.
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¿Cómo
diferenciamos una liebre de un conejo? No por el color, por supuesto,
porque es muy variado en ambos animales. Lo más seguro es verlos al
nacer: el conejo nace pelado, ciego y tan débil que no puede
incorporarse; en cambio la liebre nace peluda, con los ojos bien
abiertos y al rato ya puede hasta saltar.
Si no
los vemos nacer y ya los encontramos cuando son adultos, tendremos que
seguirlos hasta el lugar adonde viven: el conejo cava y vive en una
madriguera; la liebre hace nido en el piso, entre las plantas.
Si no
tenemos ganas de correr, podemos ver con quién viven: al conejo le gusta
vivir en grupos grandes; la liebre es un animal solitario.
Si
todo esto nos es imposible de comprobar (corren muy rápido y pueden
llegar a 70 km por hora), bastará con saber que las liebres son
generalmente más grandes y más rápidas y tienen las patas traseras y las
orejas más largas.
Para
nosotros es todavía más fácil: en El Moro hay liebres y no conejos. Y ya
está.
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Hay muchos relatos protagonizados por la liebre, como la
tan conocida fábula de Esopo sobre la carrera de la liebre y la tortuga.
En ella, la liebre, demasiado confiada, se echa a dormir y la tortuga
llega primero. La moraleja enseña que la constancia y la paciencia, nos
llevan siempre al éxito. |
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También
es muy popular el cuento jujeño de la liebre y el quirquincho que –como
en la otra historia- compiten en una carrera. En éste, el quirquincho
gana con trampa: la liebre corre muy rápido, pero hay otro quirquincho
que la espera en la llegada.
Para los
esquimales, es la liebre la que logró que los hombres tuviéramos la luz
del día.
Muchos
ven la figura de un conejo o una liebre (según las diferentes culturas)
en la luna llena y hay variadas leyendas –budistas, mayas, japonesas,
coreanas y otras- que justifican esa visión.
Yo encontré en Internet una historia
creada por un muchacho que utiliza el nick isralennon. Me pareció tan
linda, que la elegí para este artículo. Y dice así:
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Érase
una vez una liebre más pequeña que las demás. Todas las otras decían que
parecía un conejo y a ella le molestaba mucho. Era diferente no solo en
tamaño, sino también en inteligencia. Ella podía mirar al cielo y
preguntarse sobre las estrellas, mientras que al resto de las liebres
solo les preocupaba la lechuga.
Ella soñaba con alcanzar las estrellas, así que con su inteligencia
decidió inventar un aparato que la hiciera brincar mucho más alto que
ninguna otra liebre. Las demás le decían que estaba loca y la ignoraban.
El día del salto llegó. Todas las liebres fueron a verla, esperando que
fracasara.
La liebre respiró profundo, retrocedió sesenta pasos para tomar vuelo,
se lanzó corriendo lo más rápido que pudo y saltó en su trampolín.
Parecía que iba a llegar muy alto, pero un arbusto la detuvo y la hizo
quedar en ridículo. Mientras todas las demás liebres reían, ella acomodó
nuevamente su trampolín... y se lanzó otra vez.
Mil veces lo intentó. Exhausta y deprimida, con los ojos llenos de
lágrimas, la liebre elevó una oración pidiendo al dios de las liebres
que la ayudase.
Cuando las otras liebres estaban a punto de irse, en la vez número mil
uno algo increíble sucedió: su oración fue escuchada porque, aunque
nadie lo sabía, el dios de las liebres también la había estado
observando. Entonces, cuando ella pegó el salto, un águila apareció. Los
animales corrieron para ocultarse, pero el águila no iba a comerlos sino
a ayudar a la liebre valiente a elevarse. Después de superar las nubes,
nadie más volvió a ver a aquella liebre.
A
partir de esa noche, en la luna apareció la figura de un conejo. Al
verlo, todas las liebres supieron que no era un conejo sino una liebre
muy pequeña que había saltado más alto que cualquier otra.
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