Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen

LA CORTADERA

Los penachos de color lila o blanco plateado de la cortadera o cola de zorro lucen, en marzo, preciosos: están gordos, cargados de flores.  La cortadera es una gramínea silvestre de hojas finas, largas y con espinas dispuestas en forma de sierra en sus bordes, que adorna muchos de nuestros jardines. El viento las multiplica con tanta facilidad, que en cuanto uno se descuida, se forma un pastizal como los que hay en las orillas de los ríos y de los caminos. Dicen que son la pesadilla de los jardineros: sus hojas filosas hacen difícil (y a veces dolorosa) la poda.

Cuando yo trabajaba en la Reserva Ecológica de Costanera Sur como guía para los alumnos de escuelas estatales, abría caminos en los pastizales con mis compañeros antes de que empezaran las clases, y mis brazos terminaban todos tajados. Por eso sé bien de qué estoy hablando.

Algo curioso: Cuando los españoles trajeron los primeros caballos, su ropa de tela gruesa les permitía cabalgar entre las cortaderas. No podían hacer lo mismo los indígenas porque se lastimaban las piernas; fue precisamente para poder atravesar los pastizales, que aprendieron a cabalgar de pie sobre los caballos. Más adelante, la gente de campo comenzó a utilizar los guardamontes de cuero peludo como parte del apero, que se hicieron tan populares entre los gauchos de Güemes.

En mi época de guía-intérprete de la naturaleza, cuando atravesábamos el pastizal, les contaba a los chicos una leyenda:

Hace mucho tiempo, un cacique guaraní llamado Acá-Hätá (cabeza dura) era temido por su tribu porque, si bien era muy valiente, era también muy cruel. Sus consejeros nunca lograban hacerlo entrar en razones cuando de castigo o venganza se trataba; no tenía ni una pizca de piedad, de consideración por sus súbditos ni de verdadera justicia. Todos lo odiaban.

Acá-Hätá tenía una hija muy buena y muy bonita a la que la gente llamaba “mi madre linda” (Che sig mi porá). Ella era todo lo contrario de su padre: bondadosa, compasiva y justa, siempre protegía a los miembros de la tribu.

Poco a poco, los hombres comenzaron a reunirse y a planear el derrocamiento del jefe. Un día, estalló la revuelta. Todos sabían que no había manera de deshacerse del cacique que no fuera dándole muerte. Lo que nunca imaginaron fue que con él caería su hija, tan amada por el pueblo. Quizás ella se había expuesto para salvar la vida de su padre; nunca lo supieron con certeza.

La gente lloró la muerte de su princesa durante mucho tiempo. Suplicaron a Tupá, su dios, que se las devolviera, pero Tupá no pudo o no quiso traerla de nuevo a la vida con forma de mujer.

En el lugar adonde había muerto la muchacha, creció –alimentada por las lágrimas del pueblo- una planta desconocida, con las hojas finas y afiladas. La delicada forma de esas hojas movidas por la brisa recuerda el suave andar y la bondad de la indiecita y las duras espinas de los bordes representan la persistente maldad del cacique.

Yo agregaba, al relatar la leyenda, que los penachos son el símbolo de la belleza y la pureza de Che sig mi porá y sus diferentes colores muestran los cambios de vestido de la joven.

Así nació la paja brava, paja de penacho o cortadora.

 

En realidad, tardé muchos años en descubrir que esta leyenda se refiere, precisamente, a la paja brava (panicum prionitis) y que esta gramínea no es la cortadera, hierba de las pampas o hierba de penacho (cortadeira selloana) que vemos en nuestro Moro y que forma el pastizal de la Reserva. Pero podría haber sido, ¿no es cierto?, dado que no hay una historia –o al menos no la encontré- que se refiera a la cola de zorro.