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Marita von Saltzen Cuentacuentos - Narradora oral
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DICEN QUE DICEN… Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro por Marita von Saltzen LA CORTADERA
Algo curioso: Cuando los españoles trajeron los primeros caballos, su ropa de tela gruesa les permitía cabalgar entre las cortaderas. No podían hacer lo mismo los indígenas porque se lastimaban las piernas; fue precisamente para poder atravesar los pastizales, que aprendieron a cabalgar de pie sobre los caballos. Más adelante, la gente de campo comenzó a utilizar los guardamontes de cuero peludo como parte del apero, que se hicieron tan populares entre los gauchos de Güemes. En mi época de guía-intérprete de la naturaleza, cuando atravesábamos el pastizal, les contaba a los chicos una leyenda: Hace mucho tiempo, un cacique guaraní llamado Acá-Hätá (cabeza dura) era temido por su tribu porque, si bien era muy valiente, era también muy cruel. Sus consejeros nunca lograban hacerlo entrar en razones cuando de castigo o venganza se trataba; no tenía ni una pizca de piedad, de consideración por sus súbditos ni de verdadera justicia. Todos lo odiaban. Acá-Hätá tenía una hija muy buena y muy bonita a la que la gente llamaba “mi madre linda” (Che sig mi porá). Ella era todo lo contrario de su padre: bondadosa, compasiva y justa, siempre protegía a los miembros de la tribu. Poco a poco, los hombres comenzaron a reunirse y a planear el derrocamiento del jefe. Un día, estalló la revuelta. Todos sabían que no había manera de deshacerse del cacique que no fuera dándole muerte. Lo que nunca imaginaron fue que con él caería su hija, tan amada por el pueblo. Quizás ella se había expuesto para salvar la vida de su padre; nunca lo supieron con certeza. La gente lloró la muerte de su princesa durante mucho tiempo. Suplicaron a Tupá, su dios, que se las devolviera, pero Tupá no pudo o no quiso traerla de nuevo a la vida con forma de mujer. En el lugar adonde había muerto la muchacha, creció –alimentada por las lágrimas del pueblo- una planta desconocida, con las hojas finas y afiladas. La delicada forma de esas hojas movidas por la brisa recuerda el suave andar y la bondad de la indiecita y las duras espinas de los bordes representan la persistente maldad del cacique.
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