Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen

LA CALANDRIA

Las reconocemos porque siempre andan caminando cerca de las casas. Cuando se detienen, vemos que levantan y bajan la cola rígida, movimiento característico que no hacen otras aves. Vuelan, claro, pero pasan la mayor parte del tiempo en el suelo.

Tienen la particularidad de imitar el canto de otros pájaros y, a veces, el canto humano o el relincho de un caballo. En otros países las llaman “burladoras”. Su voz es muy agradable. Cantan siempre los machos aunque, según estudios realizados, hay hembras que también lo hacen.

Construye la pareja el nido de paja en forma de taza sobre alguna horqueta alta de un arbusto pequeño, pero tupido; usa ramas -a veces con espina- y pasto,  y le sale un poco desprolijo. Sin embargo, al tordo parece gustarle, ya que aprovecha el nido construido para poner sus propios huevos; además, tira los del dueño de casa para tener más espacio.

Las calandrias se alimentan de insectos, larvas y lombrices, aunque hemos visto que les encanta el alimento balanceado de nuestras mascotas. No migran en el invierno, así que las tenemos en casa todo el año.

 

Según el saber popular,  su canto es buen augurio. “Libre como la calandria” dicen en el campo y es que este pájaro es, en el folklore argentino, símbolo de libertad. ¿Por qué? Porque no tolera el cautiverio: si se la encierra en una jaula, no canta más y muere en poco tiempo. “Libre o muerto como la calandria” completa otro dicho popular.

 

Cuenta una leyenda del Noroeste, que una india llamada Kereminka enamoraba a todos los jóvenes de la tribu con sus cantos y encantos. Encendía fuegos en ellos y luego arrojaba agua fría a su pasión. Siempre cantaba indiferente cuando descubría que algunos se quitaban la vida provocados por su desdén.

Sumajkaig no perdió la esperanza de lograr el amor de la esquiva Kereminka. Él era diferente. Ella lo veía diferente: más fuerte, más hermoso, más tenaz.

En principio se miraban tan enamorados… Todos pensaron que -por fin- los caprichos y la coquetería de la muchacha habían sido vencidos.

Se equivocaron: poco tiempo duró el amor de Kereminka. Sencillamente, se cansó de una fidelidad que no había sido creada para ella. Sus ojos volvieron a detenerse en otros hombres y su canto recuperó la vieja y fría melodía armoniosa.
Sumajkaig, triste y despechado, lloró su dolor, pero cuando la herida sanó, el deseo de venganza ocupó el lugar de la pena. Lleno de furia, invocó a todas las fuerzas malignas para vengar su amor. Cuando el castigo se hizo realidad, Kereminka tomó la forma de un ave, la calandria,  linda y virtuosa para el canto como lo había sido en su vida humana. Tuvo también, a partir de entonces, la habilidad de imitar el canto de todos los pájaros y todos los rumores de la selva.
Dicen que hay un lago de aguas rojas donde yacen las almas de los hombres que se suicidaron por ella y que el viento cordillerano hace escuchar a la calandria las quejas  de aquellos enamorados. Ella los consuela con su canto.

Muchos poetas le han cantado a la calandria. Aquí, los versos de uno de ellos:

"La Calandria"

Un manto gris que sobre el ala estría
y el pecho claro en descubierto deja;
sobre el ojo una línea, blanca ceja,
y en su canción es donde empieza el día.

Un trino y otro, y otro todavía.
Cada trino en Oriente se refleja
en una tenue claridad bermeja...
Un trino y otro y otro más: el Día.

Agua, brisa, color, música, verso:
la voz de Dios que alumbra el Universo
en un "Fiat-Lux" de límpida armonía.

En el verso la música se exalta;
la brisa aroma y el color esmalta,
y el agua es gracia que bautiza el día.

Juan Burghi