Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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DICEN QUE DICEN…
Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen


LA ARAÑA

Hasta ahora no hemos hablado de arácnidos ni de insectos, pero ¿acaso no forman parte de nuestra fauna? Las arañas nos producen miedo o asco o curiosidad, pero nadie se muestra indiferente ante su presencia.
Siempre es interesante observarlas tejiendo su tela, de manera rápida y eficiente. Y es muy bonito el efecto de la luz en las gotas de rocío enredadas en la trama simétrica y brillante.

La araña es fuente de supersticiones: hay quienes aseguran ver letras en las telas que avisan la suerte, y se fabrican amuletos con su seda. Las telarañas y sus tejedoras se usan con fines medicinales: combatir el dolor de cabeza y de oídos y los producidos por el reumatismo, la artritis y los cólicos. Se dice además que bajan la fiebre y curan las verrugas y la tos. Con bolas de seda de araña se puede detener una hemorragia. Ese hilo, tan fino y fuerte, resulta muy útil para las miras telescópicas de instrumentos ópticos y armas de fuego.
Desde la antigüedad, las arañas forman parte de la literatura universal: están en los escritos de Aristóteles, en la Biblia, en el Corán. Por eso hay muchas leyendas sobre el origen de las arañas y su tela.

 
   
Cuentan los quichuas, que viven en en la zona cordillerana de Argentina, Chile, Bolivia, Perú y Ecuador, acerca de Uru, una princesa inca bastante haragana y caprichosa. Le gustaba el lujo, vestirse y adornarse bien, y comer deliciosos y carísimos manjares. No quería saber nada con el estudio ni con las obligaciones propias de una heredera del trono. Su padre, el curaca Kúntur Capac estaba enfermo y, por lo tanto, muy preocupado por la suerte que correría su reino en manos de una mujer que miraba con desprecio e indiferencia a sus súbditos.
Cuando el curaca falleció, Hamurpa, un viejo consejero, la guió en su nuevo cargo. Todo iba bien al principio, pero pronto Uru se hartó de sus obligaciones. Dueña del poder, agotó las arcas del palacio para satisfacer sus caprichos y obligó al pueblo a pagar altísimos impuestos.
Cuando los consejeros quisieron ponerle freno, ella los mandó azotar hasta la muerte. Ella misma comenzó con los azotes a los ancianos. Eso sí: lo hizo con su fino cinturón de cuero de cabra.

Pero mientras golpeaba a los sacerdotes, se presentó de pronto una diosa toda luz y belleza. El cinturón látigo quedó suspendido en el aire. El aviso de la diosa no tardó en escucharse:
—Uru, llegaste demasiado lejos con tu crueldad y tu locura. Tu tribu necesita ser liberada de tu pésimo gobierno. A partir de ahora, los dioses hemos decidido que vas a luchar por tu sustento, trabajando sin detenerte por siempre jamás.”
Un manto negro envolvió a la reina y la hizo desaparecer. En su lugar, vieron todos asombrados a un bicho oscuro que con sus ocho patas ágiles tejía una tela con el hilo que sacaba de su propio cuerpo.
Uru, la araña, tejerá por los siglos de los siglos hasta lograr el perdón de los dioses.

Una curiosidad:
En Alemania, nunca falta una araña brillante en el árbol de Navidad. Es que cuentan los abuelos que, hace mucho tiempo, una señora muy limpia y hacendosa echó a todas las arañas de su sala. Para no perderse la Navidad, guiadas por la araña más anciana, se subieron al árbol. Santa Claus las descubrió y, antes de que murieran en manos de la dueña de casa, las convirtió en guirnaldas brillantes y llenas de luz. Es tradicional, entonces, colocar una pequeña araña entre los adornos.