Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro


por Marita von Saltzen



EL VIENTO

Cuando una brisa suave mece las ramas de los sauces o hace bailar las hojas livianas de los álamos, o cuando el calor de todo el día nos ha agobiado y un airecito fresco en la noche nos permite disfrutar de las estrellas, nos encanta el viento. Pero cuando es fuerte y levanta tierra y sabemos que puede voltear árboles y romper tejas, y cuando por él baja la temperatura en el invierno, lo aborrecemos.

En la Odisea, Homero cuenta el origen de los vientos. Explica que Ulises llegó a la isla de Eolo. Después de varios días de festejos con la tripulación, Eolo entregó a su invitado un regalo para que llegara más pronto a Ítaca: el Odre de los Vientos. Le recomendó abrirlo con mucho cuidado y solamente en casos de extrema quietud, para evitar grandes tempestades. Sin embargo, la curiosidad venció a los marineros que, en medio de la noche, abrieron de pronto la boca del Odre. Empezó así una tormenta terrible que casi los hizo naufragar.
En nuestro país, son tres los vientos característicos: el Pampero, frío y seco, que viene del sudoeste; la Sudestada, frío y húmedo, culpable de inundaciones en el litoral, y el Zonda, cálido y seco, que nace en el oeste. Solamente los dos primeros llegan a esta región.
Para determinar la dirección del viento, en el año 48 A.C., el astrónomo Andronicus inventó la veleta. En la actualidad, se colocan veletas en los techos de las casas, más para adorno que para cumplir con su finalidad. Son de hierro y tienen habitualmente un gallo, una bruja o un pájaro.

 

Cuenta la leyenda que cuando Dios creó a los animales, cada uno de ellos fue favorecido con una voz que lo diferenciaba del resto: el pájaro pió, el gato maulló, la vaca mugió y el gallo cantó. Terminado el trabajo, Dios quiso organizar un concierto. Alrededor del trono, todos los animales comenzaron a cantar, menos el gallo. Cuando Dios le preguntó qué le pasaba, el gallo respondió:
—Tengo el sol de frente, hace mucho calor y mi hermosa voz no se va a escuchar. Necesito un poco de viento.
Medio molesto, Dios hizo que soplara el viento y agitó su batuta para empezar. Pero el gallo callaba.—Y ahora, ¿qué? —preguntó Dios.
—Es que acá en la tierra el viento casi no se siente. Tendría que estar más alto.
Entonces Dios, refunfuñando por aquel mañoso, puso al gallo arriba de una montaña. Y todos empezaron a cantar otra vez, ¡menos el gallo!
Dios lo miró comiéndoselo con los ojos.
—Tengo frío. El viento viene de todas partes y me congela. Necesito protección.
Dios decidió por este motivo sacarle al gallo la carne blanda y las plumas y construirlo del hierro más fuerte, para que no sufriera el viento en las alturas. Lo puso en las agujas de los campanarios y en los techos de las casas y lo hizo girar en la dirección del viento, para que lo sintiera de un lado solo.
Pero, por caprichoso y desobediente, lo castigó quitándole la voz. Así creó Dios al gallo-veleta.