Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


Caza las palabras y las hace volar

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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

por Marita von Saltzen

EL PALO BORRACHO

El palo borracho (Chorisia speciosa) es un árbol que puede medir de 5 a 10m de altura. Tiene el tronco grueso en su parte media (es más panzón  el de flores blancas) y la corteza de color gris verdoso cubierta de aguijones. Las hojas son compuestas, con una disposición similar a los dedos de una mano. Las flores grandes y vistosas en forma de estrella, son de color rosado y no tienen perfume. Florece desde febrero hasta abril y, cuando ya se le han caído gran parte de sus hojas, se ve mucho más hermoso. Los frutos son cápsulas grandes en forma de huevo y miden entre 12 y 18cm de largo y de 6 a 8cm de ancho; están llenos de un algodón llamado paina, que no se puede hilar, pero sirve para rellenar almohadones. La paina protege y ayuda a volar a las semillas, pequeñas y negras.
Palo borracho en El Moro

Los indígenas de las márgenes del río Pilcomayo hacían con su tronco canoas, bateas para bebederos de animales y recipientes. En Salta lo llaman “yuchán”; para los guaraníes es el “samohú” y para los tobas el “copadalick”. Dicen que el yuchán es el padre de los ríos, pero esa historia la veremos más adelante.

 

Cuenta la leyenda que, en una tribu del norte de nuestro país, vivía una joven indígena muy bonita. Tan linda y tan buena era, que todos los muchachos estaban locos por ella, pero ninguno era correspondido. Cuando, por fin, ella se enamoró, fue de un hombre de su misma tribu, fuerte y valiente.

Poco tiempo disfrutaron de su amor porque estalló la guerra con una tribu vecina y el muchacho se vio obligado a partir.

-¿Me esperarás? –le preguntó.

-Claro. Seré solo tuya para toda la vida –juró ella sobre los huesos de sus abuelos.

Muchas lunas pasaron y las luchas no terminaban. La gente esperaba el regreso de sus hijos, sus hermanos, sus esposos. Algunos pocos volvieron y otros no tuvieron esa suerte.  

La joven esperó inútilmente y se fue dejando atrapar por la pena cuando comprendió que su amado había muerto defendiendo a los suyos.

Los intentos por conquistar su corazón tan herido se multiplicaron, pero ella había hecho un juramento y no estaba dispuesta a quebrarlo.

Un día, se internó en la selva en busca de la muerte. Y no regresó.

Unos cazadores encontraron su cuerpo tendido entre lo matorrales. Cuando intentaron alzarla para llevarla al caserío, notaron que sus brazos se alargaban en forma de ramas y su cuerpo se arqueaba formando el tronco de un árbol que nunca antes habían visto. Después, observaron que la cabeza de la joven se doblaba hacia el tronco y que de sus dedos brotaban flores blancas. Ver todo esto y salir corriendo hacia la aldea fue una sola acción. No les alcanzaban las palabras para contar, aterrados, lo que habían visto, a toda la tribu.

Después de unos días, se animaron a volver. Cuando llegaron, miraron con asombro el gran árbol que se alzaba ante ellos. Tenía un tronco robusto y grueso, hojas verdes como manos abiertas y unas preciosas flores rosadas que eran un estallido de color en su gran copa.

Dicen que el blanco de las primeras flores era la pureza de los suspiros de amor y de las lágrimas de la joven enamorada. Dicen que se volvieron rosadas cuando las raíces de aquel árbol misterioso tomaron de la tierra la sangre del valeroso guerrero, derramada en el campo de batalla.