Marita von Saltzen

Cuentacuentos - Narradora oral


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DICEN QUE DICEN…

Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

 por Marita von Saltzen

EL ABETO, ÁRBOL DE NAVIDAD

Pasear por El Moro en diciembre, agrega al enorme placer de disfrutar del paisaje de siempre, el espectáculo de luces y adornos navideños que decoran la mayoría de las casas. En muchas de ellas, se ven árboles de Navidad a través de las ventanas o en los jardines, casi todos abetos u otras clases de coníferas.

Abeto en una casa del Moro

 

La tradición indica que el 8 de diciembre es la fecha para armar el arbolito, porque es el día de la Virgen y, según los supersticiosos, porque trae buena suerte.

Esta costumbre –la de vestir de fiesta un árbol- tiene diversas raíces paganas: los celtas adornaban su árbol sagrado -un gran roble- en una fecha cercana a nuestra Navidad; como esta especie pierde sus hojas con el frío, cuando se acercaba el solsticio de invierno lo decoraban con ramas de especies perennes, frutas y pequeñas antorchas, en la creencia de que los espíritus que lo habían abandonado volverían en la primavera. Dicen que esta idea de adornar un árbol fue tomada, con otro significado, por los primeros cristianos que llegaron a aquellas tierras.

También se sabe que los germanos creían que un enorme fresno (el divino Yggdrasil) sostenía al mundo y a todos los astros y en su copa estaba la fortaleza construida por el dios Oddin. Era el Árbol de la Vida, el árbol sagrado al que adoraban y adornaban. Cuentan que, en el siglo VIII,  Winfrid, un monje inglés que fue a evangelizar a estos pueblos (conocido más tarde como San Bonifacio), harto ya de los cultos paganos, hachó el Yggdrasil. Al caer el árbol, que era inmenso, cayeron los que lo rodeaban. Algunos afirman que sólo quedó en pie un pequeño abeto; otros dicen que brotó milagrosamente. Lo cierto es que los católicos adoptaron el abeto como árbol de Navidad. Recordemos que, además de que sus hojas son perennes (símbolo del amor a Dios) tiene la forma triangular que representa la Divina Trinidad.

San Bonifacio adornó el abeto con manzanas y velas porque estas frutas representaban el pecado original y los pecados de los hombres y las velas simbolizaban la luz de Cristo.

 

Las creencias populares indican que vestir al árbol de rojo augura pasión; de dorado, riqueza; de blanco, paz; de azul, tranquilidad; de amarillo, éxito; de verde, esperanza. Para los creyentes devotos, las Adviento (deben colocarse de a poco y acompañadas por rezos, desde el 8 de diciembre hasta la Nochebuena) y son rojas las de peticiones, doradas las de alabanza, plateadas las de agradecimiento, y azules las de arrepentimiento. La estrella de la punta es símbolo de fe y los otros adornos representan las buenas acciones, el mejor regalo para el nacimiento de Jesús.

Para el siglo XIX, la tradición del árbol de Navidad estaba arraigada en Europa y no tardó mucho en llegar a América y a los otros continentes.

El primer arbolito de Buenos Aires fue un regalo de un soldado británico para sus tres hijas. Diecisiete años tenía Michael Hines cuando fue herido en la segunda invasión inglesa. Jorge Terrada lo vio y sintió pena por él. Por eso lo llevó a su casa y lo hizo atender por un médico. El muchacho se quedó a vivir en Buenos Aires y trabajó para el comercio de su salvador. Tiempo después, se casó con María Josefa González y tuvieron tres hijas. En diciembre de 1828, sorprendió a las niñas con una tradición irlandesa: un árbol en el jardín de su casa, decorado con velas, adornos y regalos.