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Marita von Saltzen Cuentacuentos - Narradora oral
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DICEN QUE DICEN… Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro por Marita von Saltzen EL ABETO, ÁRBOL DE NAVIDAD
La tradición indica que el 8 de diciembre es la fecha para armar el arbolito, porque es el día de la Virgen y, según los supersticiosos, porque trae buena suerte. Esta costumbre –la de vestir de fiesta un árbol- tiene diversas raíces paganas: los celtas adornaban su árbol sagrado -un gran roble- en una fecha cercana a nuestra Navidad; como esta especie pierde sus hojas con el frío, cuando se acercaba el solsticio de invierno lo decoraban con ramas de especies perennes, frutas y pequeñas antorchas, en la creencia de que los espíritus que lo habían abandonado volverían en la primavera. Dicen que esta idea de adornar un árbol fue tomada, con otro significado, por los primeros cristianos que llegaron a aquellas tierras. También se sabe que los germanos creían que un enorme fresno (el divino Yggdrasil) sostenía al mundo y a todos los astros y en su copa estaba la fortaleza construida por el dios Oddin. Era el Árbol de la Vida, el árbol sagrado al que adoraban y adornaban. Cuentan que, en el siglo VIII, Winfrid, un monje inglés que fue a evangelizar a estos pueblos (conocido más tarde como San Bonifacio), harto ya de los cultos paganos, hachó el Yggdrasil. Al caer el árbol, que era inmenso, cayeron los que lo rodeaban. Algunos afirman que sólo quedó en pie un pequeño abeto; otros dicen que brotó milagrosamente. Lo cierto es que los católicos adoptaron el abeto como árbol de Navidad. Recordemos que, además de que sus hojas son perennes (símbolo del amor a Dios) tiene la forma triangular que representa la Divina Trinidad. San Bonifacio adornó el abeto con manzanas y velas porque estas frutas representaban el pecado original y los pecados de los hombres y las velas simbolizaban la luz de Cristo.
El primer arbolito de Buenos Aires fue un regalo de un soldado británico para sus tres hijas. Diecisiete años tenía Michael Hines cuando fue herido en la segunda invasión inglesa. Jorge Terrada lo vio y sintió pena por él. Por eso lo llevó a su casa y lo hizo atender por un médico. El muchacho se quedó a vivir en Buenos Aires y trabajó para el comercio de su salvador. Tiempo después, se casó con María Josefa González y tuvieron tres hijas. En diciembre de 1828, sorprendió a las niñas con una tradición irlandesa: un árbol en el jardín de su casa, decorado con velas, adornos y regalos.
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