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Marita von Saltzen Cuentacuentos - Narradora oral
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El diálogo, en una narración, reproduce en forma directa las palabras que se cruzan dos o más interlocutores. Fue introducido a principios del siglo VII por Cervantes, en El Quijote. En estilo directo, es la base del género dramático (recurso propio del teatro), pero le dio ritmo a la novela y, a partir de entonces, se convirtió en un recurso fundamental para lograr un equilibrio rítmico. En el dinamismo de la acción, podría decirse que el diálogo es estático, pero, sin embargo, implica la agilidad del intercambio entre los interlocutores. Le brinda vitalidad al texto: los personajes actúan por sí mismos para convencer al lector de su autenticidad, aunque se trate de criaturas ficticias. Para incluir diálogos en una narración, hay que tener en cuenta que:
Diálogo directo: Reproduce literalmente la conversación de los personajes. El narrador se hace a un lado (a veces, presenta el diálogo) y los personajes toman la palabra, pasan a primer plano. Se acercan al lector las mismas palabras y entonaciones (interrogaciones, interjecciones, exclamaciones, apelaciones) de la conversación. Para ello, se usan recursos como:
—No es bueno que un hombre se enamore de una sirena.
—No pienso —me contestó—; veo. Veo lo que sueño.
—¿Monigotes? ¿Como los que dibujan los chicos? Diálogo indirecto: Un narrador nos cuenta la conversación mantenida entre los interlocutores. El narrador asume el primer plano y su discurso contiene las palabras de los personajes. Se utilizan los siguientes recursos:
Me dijo que bajara a la tierra; que yo necesito continuar la búsqueda.
Le había prometido que si alguna vez ella quería visitar a su familia, él personalmente la llevaría y la traería de vuelta. Monólogo interior: El personaje habla solo, a veces consigo mismo, a veces con un interlocutor imaginario, pero no hay nadie que le responda. El monólogo interior presenta el callado discurrir del personaje. Se reproducen en él las motivaciones psicológicas profundas, desordenadas, incoherentes, caóticas. Hay dos clases de monólogos interiores:
Y ahora quería venir la abuela. ¿Qué le iba a decir? La verdad: que es un trabajo honesto… que todos la quieren mucho, sobre todo el Ruben. ¿Sobre todo él? ¿La quiere de veras él?
La chica entró a la oficina y ahí estaba el jefe que me mira y con esos ojos que tiene me va a matar de un infarto aunque no sé si le gusto o no y si le gusto por qué no me lo dice de una buena vez.
Este último tipo de monólogo, nacido en el siglo XX, no tiene ya la estructura de la lengua gramatical. Es lo que se llama fluir de la conciencia. Se caracteriza porque en él no se explicitan las características psíquicas ni el estado de ánimo de los personajes, sino que se reproducen las motivaciones psicológicas profundas, desordenadas, incoherentes. Son asociaciones libres, sin coherencia sintáctica; no hay signos de puntuación, ni de entonación, ni mayúsculas, ni espacios en blanco.
Es importante, antes de escribir o narrar un diálogo dentro de un texto, saber que una frase poco lograda o un error de dicción pueden pasar inadvertidos o ser perdonados, pero un diálogo mal escrito o mal dicho, hace “mucho ruido”, hace poco creíble a todo el texto y puede llegar a hacerlo fracasar completamente.
Algunos detalles, a la hora de escribir:
-Te lo dije. Se ve: —Te lo dije.
—Así son las cosas —dijo el rey— y no debes molestarte.
—Así son las cosas —dijo el rey—. Es mejor no discutir. —Así son las cosas —dijo el rey—: siempre sorprendentes. —Así son las cosas —dijo el rey—; no podemos cambiarlas. —Así son las cosas —dijo el rey—, los hechos y sus consecuencias.
—Así son las cosas —dijo el rey.
ASÍ SON LAS COSAS. Marita von Saltzen |