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Marita von Saltzen Cuentacuentos - Narradora oral
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CAMINOS DE IDA Y VUELTA (LITERATURA Y ORALIDAD) LA LITERATURA, RECURSO IMPRESCINDIBLE PARA EL NARRADOR URBANO La gente está sentada alrededor del fuego: hombres, mujeres, niños. Esperan ansiosos la llegada del viejo narrador. Él se acerca lento, se sienta en un tronco y piensa. Nadie se atreve a hablarle, no vaya a ser que los personajes que se están gestando en su cabeza, debajo de sus canas, se le escapen. De pronto, toma una rama y, despacito, mueve otras que están en la fogata. Las chispas que saltan apenas son el anuncio del comienzo de la historia. El cuento crece, crece, crece en las palabras y la gente lo devora como a una fruta jugosa, en juego todos los sentidos. Cuando por fin el carozo está a la vista, en la parte más crucial de la historia, el viejo revuelve la lumbre y el aire se llena de chispas. Finalmente, llegará el desenlace. Con la punta de la rama, un poco de tierra aplacará las llamas y la historia habrá terminado. La gente necesita unos minutos para disfrutar del sabor que le ha quedado en las entrañas. Luego, esperará el comienzo de otro cuento, otra fruta sabrosa ofrecida por el señor de las palabras.
Tuve la suerte de compartir una experiencia parecida a ésta en un pueblo de Brasil, en 1998. Después de haber probado montones de bocadillos a base de maíz, dulces y salados, y de haber bebido en un rato el café que, en mi casa, bebo en una semana, llegó la hora de los cuentos. El anciano hablaba portugués, claro, un dialecto de pueblo hablado con dificultad, porque, a sus ochenta años, le faltaban varios dientes. Para abreviar, diré que no entendí casi nada. ¡Pero estaba tan emocionada! Estaba en contacto real con la oralidad primaria (Walter Ong -1987- llama así a la oralidad de una cultura que carece de todo conocimiento de la escritura o de la impresión. Es "primaria" por el contraste con la "secundaria" de la actual cultura de alta tecnología, en la cual se mantiene una nueva oralidad mediante el teléfono, la radio, la televisión y otros aparatos electrónicos que, para su existencia y funcionamiento, dependen de la escritura y la impresión). En realidad, en aquel pueblo, en medio de la selva, había algunos teléfonos y también radios y televisores, pero el viejo narrador era analfabeto: todo lo que contaba lo había recibido de sus antecesores, otros narradores y familiares. Entendí poco, es verdad, pero podía comprender su lenguaje gestual, sus voces variadas, sus ademanes clarísimos y la búsqueda constante de la complicidad del público. Necesitaba nuestros gestos de aprobación, nuestras exclamaciones, nuestras risas para seguir adelante: se detenía en su relato para observarnos. Uno por uno. Sonreía y nos interrogaba con la mirada, alzando la cabeza como a la espera de una respuesta. Mi sorpresa mayor –que, en realidad, siendo conocedora de la historia de la oralidad, no debería haber sido tal- fue cuando comenzó a contar un cuento, Juan y la adivinanza (aquel en que es ayudado por el hombre de puntería perfecta, el que bebe mucho, el que come todo y el que escucha a la distancia), que yo también contaba en esa época y que había leído en mi país en un libro titulado “Cuentan los mapuches”. Fue entonces palpar la realidad de las rutas infinitas y misteriosas de la oralidad. Fue un verdadero privilegio para mí, una narradora citadina sin más posibilidades que la lectura para encontrar textos para narrar. Sin embargo, todos los que siempre hemos vivido en una ciudad, de una manera u otra, hemos escuchado historias, de pequeños, cuando no sabíamos leer. Yo no recuerdo con claridad si fue mi mamá o mi abuela materna quien me contaba cuentos. Sí recuerdo las canciones que me enseñaban. Pero de algún modo no escrito ni filmado, llegaron a mí Caperucita roja, esa niña tan distraída que no supo distinguir entre su abuelita y un lobo, Blancanieves, la pobre, que tuvo que trabajar para siete –nada más ni nada menos-, Cenicienta, que trabajaba, trabajaba y nunca le pagaron un salario, y tantos otros personajes de cuentos clásicos. A los doce años, iba a visitar a mi tío del campo. Gaucho, le decían, porque cuando era pequeñito lo disfrazaron de gaucho para el carnaval. Era la ronda del mate y a mí me tocaba cebarlo (servirlo). Para eso, tenía que quedarme esperando que cada uno lo acabara, para volver a servir más. Y era la ronda formada por los hombres de campo. Ninguna mujer participaba de ella. Uno de esos hombres –Nona le decían- era un peón que vivía en una tapera (llamar rancho a su vivienda es una exageración) y gastaba todo lo que ganaba en vestirse y vestir a su caballo con arneses de plata. Era el narrador del grupo. Todos lo escuchaban y reían a carcajadas. Yo tenía que hacerme la distraída y aguantarme la risa, ¡pero cuánto me gustaba estar allí! Lamentablemente, eso se acabó. Como dije antes, mi única posibilidad actual de encontrar material para narrar es recurrir a la literatura (libros de autor o recopilaciones de historias populares) o escribir mis propios cuentos, cosa que hago habitualmente. Al principio, me entusiasmó la idea de viajar por el mundo en busca de esa oralidad primaria que antes, sin quererlo, me había encontrado a mí: dejar todo, colgarme una mochila al hombro y andar los caminos con un grabador en la mano. Pero los directivos de la escuela en la que trabajaba y mi familia no estuvieron de acuerdo. Y hay mucha gente dedicada a ese trabajo de recopilación y registro y lo han hecho muy bien: Andersen, los hermanos Grimm, Afanasiev, Perrault y, en mi país, Berta Vidal de Battini, Adolfo Colombres, Félix Coluccio, Juan Ambrosetti y tantos otros. Y así, comencé a dar vida –como lo hacen los narradores- con la voz, el gesto, el ademán y la emoción a aquello que encontraba escrito: a esa literatura cuyo nutriente es la oralidad primaria.
En los comienzos de los tiempos, existía la voz y no la escritura. Eran los narradores, dotados de cualidades para cautivar a sus oyentes, los que popularizaban los relatos sagrados y profanos que forman la memoria colectiva. Ellos incluían en sus relatos la sabiduría acumulada por el pueblo a través de los siglos. Sus cuentos nacían para ser contados, de boca en boca, de generación en generación. Cuando nació la escritura, fue ésta una especie de condena que encerró las palabras en tablas de arcilla primero, y en páginas impresas, después. Pero también se constituyó en la única posibilidad de que los legados culturales orales llegaran a nosotros. En “Oralidad y Escritura: Tecnologías de la Palabra”, Walter Ong afirma que “Las culturas orales producen, efectivamente, representaciones verbales pujantes y hermosas, de gran valor artístico y humano”, que pueden perderse en la escritura, pero “sin la escritura, la conciencia humana no puede alcanzar su potencial más pleno, no puede producir otras creaciones intensas y hermosas. En este sentido, la oralidad debe y está destinada a producir la escritura”. Tomemos como ejemplo la América colonial: la dominación española no permitió a sus colonizados escribir sus memorias; de este modo, condenó a las culturas indígenas a perpetuarse solamente mediante la tradición oral: pintura, memoria, palabra, conservadas así hasta mediados del siglo XVI. En esa época, un indígena de Guatemala, antiguo sacerdote, quizás, dio a conocer al mundo, en su lengua original (quiché, pero con caracteres latinos) la obra que, traducida al español por fray Francisco Ximénez en el siglo XVIII, se conoce como Popol-Vuh (popol: comunidad, consejo; vuh: libro), una magnífica recopilación de la tradicón oral de Centroamérica. De este modo, la escritura restituyó la memoria de la oralidad. Como el padre Ximénez copió en columnas paralelas el texto indígena para dar prueba de la autenticidad del manuscrito, se preservó también el original, que hubiera podido perderse con facilidad. La literatura oral contiene los textos fundacionales de la literatura escrita. Hay un intercambio constante: se nutren una a la otra. El tránsito entre la escritura y la oralidad es bidireccional. Para transmitir sus significados, todos los textos escritos tienen que estar relacionados en forma directa o indirecta con el universo del sonido, que es el ambiente natural del lenguaje. La expresión oral puede existir, indudablemente, sin la presencia de la escritura, pero nunca ha existido escritura sin oralidad. El narrador oral contemporáneo, urbano, se nutre de la literatura escrita, textos que nacieron para ser leídos, regidos por normas literarias –muy diferentes a las orales- y con estructuras variadas y complejas. Es tarea del cuentacuentos hacer que el cuento viva verdaderamente, “olvidando” la exactitud del texto original, para dotar a la historia de imágenes reinventadas por sus palabras. El narrador nutre las palabras con gestos, ademanes, voces, posturas y movimientos, recursos expresivos que establecen y afirman la comunicación con el público. Se transmite experiencia y no literatura, contando lo verdadero, lo necesario y lo bello. Mayra Navarro establece con claridad alguna de las diferencias entre la fuente escrita y la narración oral: 1.- El cuento escrito tiene un lenguaje literario inalterable. El lenguaje del cuento oral es flexible. La oralidad busca la comunicación con un lenguaje coloquial. Levanta “hilos” del texto escrito y los cose en el habla cotidiana. 2.- El cuento narrado es el mismo cuento que ha leído el narrador, pero recreado, reelaborado. El narrador internaliza las imágenes del texto y las proyecta, les da vida en sus palabras. 3.- En el cuento narrado se produce, en muchas ocasiones, una síntesis del texto, en la que la gestualidad sugiere o sustituye a las palabras. 4.- El arte de contar cuentos tiene sus propios recursos: el lenguaje verbal matizado con lo vocal; los lenguajes no verbales; las pausas intencionales que dan mayor intensidad dramática al relato; el ritmo; el tono; las reiteraciones, comunes en cualquier conversación. Estas reiteraciones tienen un objetivo claro: no olvidar fácilmente lo que se ha expresado. Si leemos un texto e, inesperadamente, perdemos su ilación, podemos volver atrás sin ningún inconveniente. En cambio, la expresión oral desaparece en cuanto se produce el habla; si el texto no estuvo bien expresado, con claridad, no se puede volver atrás y la ilación se pierde irremediablemente. 5.- Algunas partes del cuento se transforman en acción al narrarlo: se incluyen diálogos, se evitan datos superfluos y explicaciones que roban elocuencia al oyente. 6.- Hay una interacción constante entre el narrador y el público (se cuenta con la gente y no solamente para la gente), imposible de lograr en una lectura en voz alta.
En 2005, trabajé con la primera parte del Quijote de la Mancha para realizar una adaptación para niños desde los cinco años de edad. Fue la primera vez que me atreví con una novela, porque hasta entonces solo había contado cuentos. Como necesitaba pausas –cortes de acción-, para no agotar la capacidad de atención de los niños, inventé versos y canciones que, además, lograron la participación del público infantil durante el relato. Al realizar una serie de relatos breves, en cambio, las pausas se producen naturalmente, cuando los niños aplauden o termina un cuento y comienza el siguiente. La adaptación incluyó también un cambio de lenguaje: los niños muy pequeños, en mi país, no comprenden la segunda persona del plural, aunque sí la del singular (pero ellos hablan de “vos”). También utilicé –cosa que nunca hago en mis cuentos- algunas láminas, para facilitar, sin caer en aburridas descripciones, la comprensión de ciertos objetos que están alejados de su realidad cotidiana (la armadura, los molinos de viento y otros). Lo conté muchas veces, en diferentes colegios y para distintas edades. El placer de ver reír a niños tan pequeños nada menos que con las aventuras de don Quijote, una obra escrita hace cuatrocientos años, es indescriptible. ¿Por qué les estoy hablando de esta experiencia ahora? Porque la oposición entre oralidad y literatura (escritura) se refleja en forma tajante en el Quijote, obra en la que contrastan sus dos personajes principales: Alonso Quijano, caballero andante, y su escudero, Sancho Panza. Don Quijote, un producto de la lectura tipográfica, habla con lenguaje literario y su locura proviene, aparentemente, del abuso de la lectura de libros de caballería. Sancho Panza es su contrapunto: él es analfabeto, se expresa mal y abusa de las frases hechas y de los refranes, típicos de la cultura oral y que la literalidad no acepta por encontrarlos superfluos y redundantes. El Quijote, sin embargo, constituye un texto donde oralidad y escritura interaccionan en un proceso de mutualismo o simbiosis, que afecta tanto al texto escrito como a don Quijote y a Sancho Panza. Así como no existiría literatura sin oralidad, no existiría don Quijote sin Sancho Panza y viceversa. Son diferentes, opuestos, pero complementarios. A lo largo de todas sus páginas, hay numerosas expresiones acerca del placer que produce la narración, nacida del relato oral de un contador, o directamente leída por o escuchada al lector de un manuscrito en donde la historia está contenida. En el Quijote cervantino, obra maestra de la literatura, existen innumerables marcas de oralidad. Pensemos en la época en que fue escrito. Se trató de un momento trascendental para la historia de la comunicación. En “La Galaxia Gutenberg”, Marshall McLuhan habla de dos innovaciones tecnológicas que cambiaron a la humanidad: la primera fue el descubrimiento de la escritura alfabética en la Mesopotamia sumeria (3000 a 3500 años a.C.); la segunda, cincuenta siglos después, la invención de Gutenberg: la imprenta de tipos móviles. Tanto Cervantes como Shakespeare escribieron cuando la imprenta era una conmoción no totalmente asimilada todavía. Esto significa que El Quijote se ubica en un momento crucial para la comunicación, en el centro de la transición entre lo oral y lo escrito y Cervantes aprovecha las características de las dos posibilidades para otorgar fuerza de veracidad al discurso. Como se trataba de un sistema manual, hubo tantas versiones del Quijote como impresores; cada uno de ellos modificaba el texto original de acuerdo con sus necesidades técnicas. Y no se imprimieron tantos ejemplares como ahora se hacen de cualquier best seller. Sabemos que la biblioteca de Alonso Quijano, repleta de libros de caballería, pastoriles o de épica culta, tenía unos ciento cincuenta libros, enorme cantidad que, en aquella época, solo los aristócratas podían poseer. ¿Cómo se difundió esta obra, entonces? ¿Por qué se hizo tan famosa? Porque la gente leía en voz alta o contaba las aventuras de don Quijote en reuniones, por las calles, junto al fuego… Narración oral. Literatura. Caminos de ida y vuelta. Marita von Saltzen (Para la Universidad Iberoamericana del D.F., México, en marzo de 2006) Bibliografía: · Ong, Walter, 1993, Oralidad y Literatura, Buenos Aires, Argentina, Fondo de Cultura Económica. · Bovo, Ana María, 2002, Narrar, oficio trémulo, Buenos Aires, Argentina, Atuel. · Navarro, Mayra, 1999, Aprendiendo a contar cuentos, Edit. Gente Nueva, La Habana, Cuba. · Lojo, María Rosa, 2004, Narración oral, relato tradicional y texto de autor, ponencia en la Mesa Redonda del IX Encuentro Internacional de Narración Oral en la Feria del Libro de Buenos Aires, Argentina · McLuhan, Marshall, 1962, La Galaxia Gutenberg, Toronto. · Popol-Vuh. Libro del tiempo, 1988, traducción de Adrián Chávez (Prólogo de Carlos Guzmán Blocker), Ediciones del Sol. · Viñao Frago, Antonio, 2004, Oralidad y escritura en el Quijote: ¿oposición o interacción?, artículo de la Revista de Educación de Madrid, Nº 1 (Ejemplar dedicado a: El Quijote y la educación), pág. 27-47. · Villanueva, Darío, 2005, El Quijote: dialogismo y verosimilitud, artículo de la Revista chilena de Literatura, Nº67, pág 11-27.
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