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Marita von Saltzen Cuentacuentos - Narradora oral
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EL ROL DE LA NARRACIÓN EN ÁMBITOS COMUNITARIOS Cuenta Francisco Garzón Céspedes que “El narrador oral había sido condenado a muerte. La ejecución lo aguardaba. Faltaban veinticuatro horas cuando los jueces y asesores entraron en su celda. El narrador era un hombre venerado por el pueblo y era imposible no concederle una última voluntad. La condena obedecía a que sus cuentos sobre la justicia, en un territorio de injusticias, propiciaron una rebelión cada vez más inacallable. Habiendo sido capturado, cárcel, juicio y culpabilidad resultaron cuestión de horas. La rebelión debía ser ahorcada, quemada, gaseada, electrocutada, empalada, decapitada, borrada. El narrador dijo: -Una única voluntad. Antes de morir, deseo ver, a cielo abierto, la noche. Y en la noche narrar un cuento. Los jueces y asesores se miraron entre sí estupefactos. Pensaron que el narrador hubiera podido pedir hacer el amor una vez más o que su cadáver no fuera enterrado en una fosa común. Pero era su última voluntad. Podía ser respetada. Resultaba permisible. Llegó la noche y los soldados, en presencia de los jueces y asesores, condujeron al condenado a muerte hasta el patio de la prisión. El narrador contempló intensamente el cielo, alzó un brazo hacia aquel poblado vacío y con voz potente habló: -Había una vez un narrador condenado a muerte. A petición suya, para cumplir con la costumbre de la última voluntad, lo condujeron hasta el patio de la prisión. Y cuando alzó brazo y voz y pronunció las palabras que únicamente son mágicas en los labios de los narradores, una estrella fugaz cayó, cayó, cayó y, a punto de tocar el suelo, cual una alfombra prodigiosa se detuvo para que el narrador subiera y lo condujo fuera de los muros de la cárcel. Y mientras el narrador contaba y se alejaba libre sobre la punta de la estrella, todos comprobaron que la imaginación es tan poderosa que predice el futuro y, si es necesario, lo moldea.”
Esta historia nos habla de la maravilla del acto de narrar, que puede hasta acercarnos a una realidad diferente, pasarnos a otra dimensión. Vivimos en un mundo de apuros, manejados por intereses económicos; las publicidades de todos los medios de comunicación, nos instan a una consumición compulsiva y a un culto desmesurado por lo externo. Todo lleva a la creación de un ser humano cada vez menos “humano”: un hombre frío, calculador, sin valores ni identidad que, naturalmente será muy fácil de manejar. Podríamos llegar a pensar que las comunicaciones virtuales como el correo electrónico, internet, la televisión, le han quitado valor a la palabra hablada, pero no es así. La tecnología más avanzada no podrá reemplazar la magia de la ronda en la que los personajes del cuentero hacen y deshacen en la imaginación de quienes escuchan. Cuando alguien cuenta, reconstruye el mundo sobre una armazón de palabras. Sabemos que la narración oral es un acto de comunicación. Damos y recibimos. Necesitamos de la mirada del otro y, en ese ir y venir, desaparecen las distancias y hay un encuentro en el que se rescatan los valores ancestrales. El narrador insta al otro a escuchar, convoca su atención si se compromete con lo que elige. Quien escucha se crea una nueva realidad, una óptica para ver, reafirmar o transformar el mundo. Es mediante esa comunicación que llegamos a la reflexión, al intercambio, al cuestionamiento. Es posible imaginar un mundo mejor y convencernos de que, entre todos, podemos lograrlo. Dice Sheika García, una narradora colombiana: “Cuento porque existen momentos en los que desearía cambiar el mundo, y sólo dispongo de la boca y de la palabra.”
He trabajado, en estos últimos tiempos, en varios centros comunitarios en los que se reúnen niños y adolescentes muy carenciados. (Al decir “carenciados”, no me refiero únicamente a la falta de medios para vivir dignamente, sino también a la falta de afecto). Mi tarea específica no ha sido la de narradora, sino la de maestra de ciencias; pero he comprobado, sin lugar a dudas, que es el cuento el método que más convoca, el que inicia y fortalece los lazos. Los chicos me conocen -y yo a ellos- a través del cuento. Finalmente, me exigen una historia después de cada clase. Los chicos que viven en la calle, que duermen en las escaleras del subte o en la estación de tren, los que tienen una vivienda precaria que comparten con otras familias y viven hacinados, los que tienen problemas cerebrales y son descuidados o –todo lo contrario- sobreprotegidos por sus padres, todos ellos, necesitan aprender a escuchar al otro. No tienen espacios para la conversación que lleve a la reflexión, al intercambio, tan necesarios para el desarrollo de los seres humanos. Escuchar cuentos los conmueve, les sacude la inercia, les produce gozo y ahí comienza, en verdad, la comunicación. Las historias, nacidas de la mano de un escritor o fabricadas por las voces del pueblo que las lleva de generación en generación, de boca en boca, quizás los acerquen a la lectura o quizás no, pero siempre llevarán a una unión mítica e indisoluble al narrador y al oyente. Es que contar y escuchar es un placer que une. Y es importantísimo complacer primero si después queremos instruir. Contamos para jugar y se juega para aprender a vivir. Los cuentos nos hablan de verdades comunes con las que nos identificamos. Sería imposible aceptar algunas realidades si no estuvieran “ocultas” en una fantasía fabulada. Cuenta una leyenda hindú, que en un tiempo lejano andaba la Verdad desnuda por el mundo. Los hombres y las mujeres se negaban a escuchar lo que ella sentía, acusándola de impura y desvergonzada. La Verdad se alejaba, entonces, llorosa, creyéndose indigna y repugnante. Entonces apareció la mentira, lujosamente vestida con mil túnicas y adornada con collares y pulseras. Cuando la Verdad le contó el motivo de su llanto, la Mentira la vistió con algunas de sus gasas, la adornó y le pintó el rostro. “Ahora –le dijo-, sal al mundo. Y si alguien te pregunta quién eres, no le digas que te llamas Verdad; dile que tu nombre es Fábula”. Escuchando cuentos recibo caricias de quien cuenta. Y en esas caricias crecen la sensibilidad y la inteligencia. Marita von Saltzen (Para el Encuentro Nacional de Cuentacuentos de Alta Gracia , Córdoba, Rep. Argentina, 2002) |